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Tu diario. Libertad de expresion

Su opinión Patrocinadores Normas Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca 9 usuarios en línea • Sáb. 25 de Nov. de 2017
Un paseo por la Sierra de las Nieves
Carlos Carmona Sanchez. 09.06.14 
El pasado viernes, después de más de una década, volví a encontrarme con la Sierra de las Nieves, me llevé una honda impresión en el reencuentro con el silencio de sus cañadas, donde el viento es el único que murmulla el lenguaje del juego con la arboleda, de vez en cuando, algún pájaro, se atrevía a romper el momento. Esta situación me dio cuerda para volver a los años setenta, concretamente al setenta y cuatro. La cañada del Cuerno, junto con la del Medio y las Ánimas completan el espacio que va desde Quejigales al “Taramá”. En ese tiempo no existían carriles, ni señalizaciones, era toda una odisea adentrarse por aquellos lugares. Me vino a la memoria los pastores de Tolox, que con sus ovejas en la época estival pasaban unos meses hasta que el frío aparecía y bajaban a buscar refugio en la campiña. Hacían relevo cada tres días, lo que permitía mantenerte más tiempo en la sierra, ya que, si faltaban víveres, ellos lo traían, siempre y cuando no te “pasaras”.
El pago era una botella de coñac Terri, que solíamos beber juntos por la noche, entre charlas, que de vez en cuando se interrumpía con el crujir del fuego y la magia del movimiento de las candelas, había prohibiciones pero allí no habían llegado. Cuando mirabas hacia arriba, no se si por el efecto del coñac, veía un cielo “petado” de estrellas que te hacía gregario, primitivo... Volviendo uno hacía esas preguntas que no tienen respuestas... Admiraba de los pastores, su caminar de ritmo continuo, ya fuera en cuesta, bajada o llano... Y además fumaban y, hablaban a la vez que andaban. Yo, que por aquel entonces tenía dieciocho años, caminaba detrás de ellos acordándome de su “familia” y pidiendo a los dioses que le diera un ataque de tos, para que pudiera pararse, y así, poder inflar mis pulmones, coger aíre y descansar mis piernas. Otra cuestión interesante, era la forma de hablar, ya sabemos que los “torlitos”, tienen una forma cantarina de expresarse, pero no era eso la peculiaridad, era la progresiva lentitud de las conversaciones, el tiempo transcurrido entre la pregunta y la respuesta. No había prisa en preguntar, pero tampoco en responder. Después de espolvorear mis recuerdos de cuarenta años atrás.

Seguimos el camino hasta el Torrecilla, con dos viejos amigos. Al volver, uno no pudo continuar, la forma física le falló y se retiró, llevándose el auto, que había dejado en Quejigales. Continuamos por el sur hasta río Verde, llegamos a las nueve de la noche. La vieja casa reformada, no daba opción a acogernos, ya no había pastores, no podíamos encender fuego, tampoco soportales o algún techado donde refugiarnos. Decidimos pasarla en un alto, donde nos protegían dos algarrobos, cenamos, comentamos la historia de los más de treinta kilómetros hechos y una vez comidos, sacamos los sacos y dormimos hasta que las gotas de lluvia comenzaron a salpicar nuestras caras. Serían las doce de la noche, cuando se desató la tormenta, poco después estábamos empapados en medio de luces, estruendos y agua. Nos levantamos y decidimos hacer los veintidós kilómetros restantes hasta el pueblo. Nos colocamos lo sacos como mantas para protegernos y evitar la perdida excesiva de calor, intentamos evadir la preocupación diciendo chorradas como: -”mejor un rayo ahora que después, así nos ahorra camino” , “ como nos vea alguien, van a creer en las ánimas”. El cansancio nos pudo, a un kilómetro y medio del pueblo, nos echamos en un claro del carril y dormimos, hasta que el frío nos despertó, la hipotermia comenzó a sentirse, anduvimos hasta la plaza, una vez allí... lo demás fue fácil...

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