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El Papa Francisco, ante la tragedia de Lampedusa, expresó: “Sólo me viene la palabra vergüenza. Es una vergüenza.”
Cáritas de Coín. 06.03.14 
Desde nuestra cáritas queremos compartir un extracto de los mensajes emitidos por Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger, sobre migraciones y fronteras en el sur de Europa. “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona” (Declaración Universal de Derechos Humanos 3).
“Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes” (Declaración Universal de Derechos Humanos 5). “Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país” (Declaración Universal de Derechos Humanos 13,2).

La Iglesia de la Diócesis de Tánger, con la fuerza de la fe, la esperanza y el amor de sus hijos, pide que esos derechos, que han sido reconocidos como universales, sean respetados de modo escrupuloso y discriminatoriamente positivo con quienes, por hallarse en situación de mayor vulnerabilidad, necesitan mayor protección.

Esta comunidad eclesial es testigo asombrado y apenado de que, en las fronteras del sur de Europa, son vulnerados no pocos de los artículos incluidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Las medidas adoptadas hasta ahora por los Gobiernos de los países europeos para el control de las fronteras del sur, han sido y son un fracaso político y humano, pues dejan a los emigrantes en una situación de abandono, y transforman en sarcasmo sus proclamados derechos “a la vida, a la libertad y a la seguridad”.

Desde la fe, con esperanza, y por la caridad que nos une a quienes padecen las consecuencias inhumanas de esas medidas, como Iglesia:

Denunciamos el sistema Europeo de vigilancia de fronteras Eurosur,, Lo denunciamos porque:
Asocia inmigración y crimen, inmigración y delincuencia, lo que evidencia un inaceptable juicio negativo sobre los emigrantes y favorece el desarrollo de sentimientos xenófobos en la sociedad.
Privilegia objetivos de control y represión, que harán fácil y legítima la violación de los derechos de los emigrantes, incluido el derecho a la vida. . Es escandaloso que las fronteras y su seguridad sean más importantes que las personas y sus derechos.

Denunciamos la presencia de concertinas con cuchillas en las vallas de Ceuta y Melilla. Estos elementos de control de fronteras representan un atentado a la integridad física de los emigrantes: esas cuchillas cortan, lesionan, mutilan, y no son coherentes con el deber que todos tenemos de respetar los derechos de hombres, mujeres y niños de África en su camino hacia los países de Europa.

Denunciamos la obsesión por la seguridad de unos a costa de la salud de otros, incluso a costa de sus vidas. Se entiende que un Gobierno ha de garantizar con medios apropiados la seguridad de los ciudadanos en el territorio de la nación. Pero esos medios dejan de ser apropiados, su legitimidad se desvanece, cuando usarlos significa privar a otros del derecho fundamental a la salud, al bienestar, a la alimentación, al vestido, a la vivienda, a la asistencia médica, a los servicios sociales necesarios.

Denunciamos la supeditación de las personas a intereses económicos. A nadie se le oculta que el criterio principal, por no decir único, para regular la entrada de emigrantes en un país, es el del beneficio económico que le pueden reportar. Esa supeditación de lo humano a lo económico deja sin protección derechos fundamentales de las personas, como son: el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad; el derecho a que nadie se vea sometido a esclavitud; el derecho a que nadie sea víctima de trata; el derecho a que nadie sea tratado de forma cruel, inhumana o degradante. Y denunciamos que, por intereses económicos, esos derechos universales sean derechos no vigentes en los caminos de los emigrantes.

Ni las medidas adoptadas hasta ahora por las autoridades europeas y españolas para el control de fronteras, ni otras más costosas que se puedan adoptar, impedirán que a esas fronteras sigan llegando pobres en busca de futuro: No hay cuchillas que frenen el ansia de vivir, no hay cuchillas que puedan intimidar más que el hambre y la miseria, nada pueden perder quienes nada tienen.

“¿Quien es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? Ninguno. Todos respondemos: yo no he sido, yo no tengo nada que ver, serán otros, pero yo no. Hoy nadie se siente responsable de éstos, hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna, hemos caído en el comportamiento hipócrita" (Palabras del Papa Francisco en Lampedusa).
Nuestra vida se mueve entre un “no será así entre vosotros” y un “haced vosotros lo mismo”. Y es responsabilidad de cada creyente discernir dónde se encuentra, sabiendo que está llamado a acercarse de corazón, con toda su alma, con toda su mente, con todas sus fuerzas, a ese “haced vosotros lo mismo” que pronunciaron los labios de Jesús.

Vosotros sabéis que ése es el compromiso que recordamos y renovamos cada vez que comulgamos, pues otra cosa no es nuestra comunión si no dejarnos comulgar por Cristo, dejarnos transformar en Cristo, de modo que en Cristo seamos de Dios y de los hermanos. No sólo nos sabemos llamados a hacer lo que el Señor hizo, sino que nos sabemos amorosamente invitados a ser su presencia viva en el mundo.

Las fronteras infranqueables, con sus vallas y sus cuchillas y sus fuerzas antidisturbios, son un ejemplo de lo que “no ha de ser así entre nosotros”, son una forma cruel de opresión, con la que los poderosos se muestran dueños y señores de los destinos de los pobres. Nadie podrá reconocer en esas fronteras una forma de respeto a los derechos y a la dignidad de las personas y de servicio a los necesitados.

Por eso, sin temor a equivocarme, puedo decir que esas fronteras, siendo legales, legítimas, y puede que del todo razonables, son para un cristiano negación de lo esencial de su credo, dejan sin corazón el evangelio, niegan al Dios y Padre de Jesús de Nazaret.

+ Fr. Santiago Agrelo. Arzobispo de Tánger

Desde nuestra comunidad parroquial planteamos la siguiente pregunta;
¿Cómo es nuestra acogida al hermano inmigrante?

Salvador Sánchez Cháves

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