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Limpeza de primavera

Lydia Tapiero Eljarrat. 25.04.10 

Cuando Alfonso llegó unas nubes de lluvia empezaron a oscurecer la tarde.
Claudia abrió la puerta y Alfonso se precipitó hacia ella y la abrazó.
—Lo siento mi amor, te juro que nunca más.
—Lo sé —le respondió Claudia poniéndole un dedo en la boca—. Te he preparado una sorpresa.
— ¿Y este cubo en el pasillo?
Claudia señaló el techo.
—Una gotera.

Claudia se fijó en el reloj de la pared y arrastró a su marido hacia la cocina rodeando el cubo.
—Cierra los ojos —le pidió mientras untaba sus labios de mus de chocolate y los acercaba temblorosos a los de él.
Alfonso correspondió atrayendo su cintura con fuerza. Marta apoyó la mano en la mesa de la cocina y apretó el mando del televisor. El fuerte volumen les sobresaltó. Alfonso se apartó de ella para apagar la tele cuando escuchó el pronóstico de lluvia. Marta mojó el dedo en el chocolate y se lo llevó a la boca.
—Va ha llover —se quejó Alfonso—. Espérame enseguida vuelvo.
Alfonso se quitó la corbata de camino al dormitorio, lanzó los zapatos a la esquina y recorrió el pasillo cojeando mientras se calzaba unos tenis recién lubricados. Una vez fuera cogió la escalera y la apoyó en la pared entre las rocas que adornaban el jardín, tanteando hasta equilibrarla.
—Date prisa —le dijo Marta pintándole un punto de chocolate en la nariz, otro en la frente y otro en la barbilla.
Ella agarró la escalera mientras él subía. Una vez arriba, la tumbo en el suelo.
—¿Sabes que he encontrado en el jardín un panal? —le gritó desde abajo.
—No cuentes conmigo para sacarlo, sabes que les tengo pánico— contestó Alfonso mientras valoraba los daños en las tejas.
Marta se fue a la parte trasera y cortó la rama de plátano con el panal. La cogió del extremo, se pegó al muro de la casa y, de puntillas, se la enseñó a Alfonso por encima del tejado.
—Sácala de ahí no tiene ninguna gracia— gritó alarmado.
Marta sonreía mientras agitaba la rama, provocando con cada sacudida la huía de más  abejas. Estas excitadas por el ataque y atraídas por el chocolate volaron hacia Alfonso con un zumbido amenazador. El pánico se apoderó de él y, manoteando para apartarlas de su cara, pidió a gritos la escalera. Marta soltó la rama y corrió hacia la escalera. Alfonso estaba de pie, acercándose al voladizo. Cogió la escalera pero no la levantó. Su marido no dejaba de sacudir los brazos, cuando dio un resbalón y perdió el equilibrio. Los huesos de Alfonso crujieron al caer sobre las rocas.
Marta dejó la escalera. Pasó junto a él y los golpes de la noche anterior dejaron de dolerle. Entró a la casa diciendo en voz baja que mañana volvería a cambiar las rocas de sitio. Llegó a la cocina, apagó la tele, puso el mando en su sitio y tiró el mus de chocolate. Cuando se dirigía hacia el teléfono, observó que el extremo del martillo sobresalía entre unos paños de cocina que había sobre la encimera. Lo guardó antes de levantar el auricular pensando que había cometido un grave descuido.
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