Bécquer predijo que cuando se pueda contar el mundo con una sola palabra sobrarán todas las historias. La palabra en Carratraca podría ser «balneario», pero sería injusto avanzar en esa síntesis imposible con un pueblo cuya existencia proviene de los círculos de la fantasía. La realidad se alimenta de la ficción y, precisamente por ello, tiene mayor verosimilitud. Miguel Alcobendas bucea en el insólito acontecimiento y lo cuenta desde la serena fantasía de la crónica legendaria. Dice Alcobendas: «Carratraca se formó al amparo de sus aguas sulfurosas. Según la tradición, el descubrimiento de las propiedades terapéuticas de las aguas lo realizó casualmente un mendigo, Juan Camisón, llamado así porque su única vestimenta consistía en un largo y gran camisón para que no le molestarán las llagas que cubrían todo su cuerpo. Este hombre llegó a un cortijo situado junto al manantial para implorar la caridad de sus habitantes, y observó que un cabrero echaba el agua a los animales que tenían úlceras en su piel, y al cabo de cierto tiempo vio que curaban. Entonces decidió bañarse él mismo y, tras varias inmersiones, él también sanó.» Ampliar información
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Carratraca |
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