Noticias del Valle del Guadalhorce

Carratraca
     
 Carratraca en internet        

Bécquer predijo que cuando se pueda contar el mundo con una sola palabra sobrarán todas las historias. La palabra en Carratraca podría ser «balneario», pero sería injusto avanzar en esa síntesis imposible con un pueblo cuya existencia proviene de los círculos de la fantasía. La realidad se alimenta de la ficción y, precisamente por ello, tiene mayor verosimilitud. Miguel Alcobendas bucea en el insólito acontecimiento y lo cuenta desde la serena fantasía de la crónica legendaria.

Dice Alcobendas: «Carratraca se formó al amparo de sus aguas sulfurosas. Según la tradición, el descubrimiento de las propiedades terapéuticas de las aguas lo realizó casualmente un mendigo, Juan Camisón, llamado así porque su única vestimenta consistía en un largo y gran camisón para que no le molestarán las llagas que cubrían todo su cuerpo. Este hombre llegó a un cortijo situado junto al manantial para implorar la caridad de sus habitantes, y observó que un cabrero echaba el agua a los animales que tenían úlceras en su piel, y al cabo de cierto tiempo vio que curaban. Entonces decidió bañarse él mismo y, tras varias inmersiones, él también sanó.»

La historia parece inventada, pero es creíble porque en ella se adivina la trilogía de medios imprescindibles para impulsar cualquier tipo de creación, Carratraca, un pueblo, en este caso. La razón está en la vigencia del manantial y de sus propiedades terapéuticas, que han llevado a la construcción del balneario. La costumbre, tejedora de la vida de Carratraca, permite satisfacer la curiosidad histórica sin perjuicio de que algunas porciones de ésta se entreguen a la fantasía. Y a la inspiración, latente en su más profundo sentido senequista. La vida municipal de Garratraca es corta, sólo se remonta a mediados del siglo XIX, pero, a juzgar por la obra de los que trabajan en ella, es larga.

Tan corta y tan larga como para que Maria Victoria Atencia recoja en un poema la magia de los elementos que dibujaban ayer y devienen hoy en Carratraca:

La plaza en plena roca abierta se deshace
lentamente y la almagra un destino denuncia
de vuelo suspendido. Tan sólo embiste el eco
del canto de los pájaros, que en el alba repiten
con su frío los valles. La cinta de la aurora
perilla las montañas: ojo rojo en el cielo.
Los granates despiertan en el barranco. Pasan
a su manso quehacer cotidiano las bes tias.

Sabré luego a qué día estamos hoy de marzo
a las mil ochocientas setenta y seis en punto,
cuando deje su blanca pamela en la barrera,
abandonada y sola, Eugenia de Montijo.

El poema data de 1976 y está dedicado a la plaza de toros de Carratraca, parcialmente excavada en la ladera, tal y como si se tratase de un teatro romano. Sin embargo, María Victoria Atencia retrocede un siglo para encontrarse con la condesa de Teba, Eugenia de Montijo. Una vez más la historia y la fantasía adquieren una vitalidad vegetal que se resiste a todo. Lo cuentan los carratreños como si hubieran sido testigos pre senciales.

Los Condes de Teba cedieron las tierras sobre las que se levantó el balneario en 1847 con la única condición de que se construyera un baño exclusivo para su hija, Eugenia de Montijo. No parece que la que fuera esposa de Napoleón III llegase a utilizar este baño, ni siquiera que visitase la localidad, pues los «testigos» carratreños resuelven el enigma con un desdén tan clásico como rotundo: «Ella se lo perdió.» Todos los historiadores tienen tendencias y partidismos, y voluntarios como Antonia como forma de sostener el prestigio del pasado. Por eso, pue dedefinirse como la antítesis de los suburbios industriales hacia los que emigró parte de su población. Ahora esperan que la promoción turística del mundo rural les conceda otras merecidas oportunidades. La tierra ardaleña es distinta a la de otras elevaciones de la comarca, sobre todo por las aportaciones de su entorno.

El desfiladero de los Gaitanes o Garganta del Chorro y Bobastro son ejemplos naturales e históricos de gran valor. La Garganta del Chorro es un profundo trabajo de erosión del río Guadalhorce, con 400 metros de profundidad y unos diez en su parte más ancha, reservada a los andarines sin vertigo. Bobastro, a media docena de kilómetros de Ardales, está incrustado en la sierra de Abdalajís y exhibe, entre otras originales piezas, una iglesia mozárabe del 898 tallada en la roca.

Para desplazarse a estos lugares hay que tomarse tiempo y precauciones. Las carreteras y el suntuoso paisaje exigen ir despacio. Se trata de un paisaje serrano, solitario y casi despoblado, dentro de un paraje natural con muchos rasgos de su virginidad primera. En Ardales no es obsesivo recuperar el pasado, simplemente lo tienen ahí para repasar las vidas individuales y colectivas, como tienen la naturaleza para aceptarla y defenderla.

Así es como mantienen el sentido del tiempo y de esa realidad en la que la gente puede encontrarse, estrecharse la mano y elegir el tema de conversación. A veces sobre el clima, otras sobre la falta de trabajo. Dos problemas que laten en el presente. La vida con sencillez suele resultar difícil, pero ésta es una costumbre a la que están habituados.


Periódico Digital Independiente del Valle del Guadalhorce: 
www.guadalhorce.net    Servidor de Internet
Responsable:  Federico Ortega
Si desea publicar algo sobre su pueblo envíe el artículo a info@guadalhorce.net
C/Goleta, 15. Tfs. 952 41 06 58 y   678813376
 29130 Alhaurín de la Torre
- Málaga

Visite nuestro patrocinador  

   contador  visitas desde noviembre de1998