Noticias del Valle del Guadalhorce

Fotos de una excursión por Álora y por las ruinas de Bobastro

          Álora, la Bien Cercada.           Así reza el romance fronterizo que en el medioevo cantaba las alabanzas de la fortaleza árabe del cerro de las Torres. Mora y cristiana, de casas blancas, esta bella localidad, alzada sobre la sierra y en la corona del Guadalhorce, tiene en el Barranco el punto de referencia más importante del casco histórico, en el que el visitante se adentra de forma casi mágica.

Al Barranco se sube por la calle Ancha o por la calle del Postigo. Los pueblos viejos, y éste lo es, conviven con la historia con la misma naturalidad que las brisas de la mañana juegan con las hojas más altas de los árboles.

Llegará, cuando se acerque, a las raíces del pueblo, en la Plaza Baja de la Despedía, y al frente se abren dos posibilidades: subir al castillo o visitar la iglesia de la Encarnación, que la tiene al alcance de la mano. Le sugiero, primero, que inicie el paseo. Luego, al bajar, se puede acercar al templo.

De entrada debe saber que, hasta los años 50 en que se levantó San José de Carranque, fue el mayor templo de la diócesis después de la Catedral. Es soberbia. En piedra, de estilo columnario. Al verla sabrá por qué los obispos de Málaga, cuando venían destinados a esta tierra, entraban por aquí y evitaban el conflicto con la Colegiata antequerana.

Se topará con un barrio antiguo, con sabor acumulado, después de muchos siglos oteando vientos y horizontes con su blancura encalada. Folclore, en Frasquita Benítez; El Piyaya y El Mosca, Catalina, La Calabaza... O el nacer de algo tan único como la malagueña cunera, que creó Juan Reyes «El Canario», al que, por celos, mataron una noche de agosto en el puente de Triana, en Sevilla.

La Álora primitiva se asentó en Canca, cerca de aquí. La ladera era propicia: buena orientación y agua, pero era diffcil de conservar. Luego, por mor de las defensas, los miedos, y por el andar del tiempo decidieron abandonar el costado oriental del Hacho y se tras ladaron al Cerro de Las Torres, que es como aquí se le llama al castillo. En su cumbre se asentó la Iluro romana (un aljibe recientemente descubierto) y luego Al-a-orá, Al-ura, y ahora Álora, en torno a la fortaleza.

Suba despacio por la calle Ancha. Casi en el entronque con la plaza se encontrará la primera sorpresa. Una placa en cerámica vidriada dice «El ingenioso hidalgo Don Miguel de Cer vantes Saavedra ejerció en este lugar por los años de 1586 a 1593 su empleo de comisaño del rey». Después fue pósito de granos, aljolí de la sal, carnicería y cárcel del partido. Construido en el siglo XVI, se usó de Sala Capitular.

CALLE ANCHA. Felipe García publicó en un documento, hace muchos años, en el periódico «Afán» que la habitación llamada Garipola, nombre de la prisión preventiva, tuvo su entrada por la calzada de la calle Ancha y tres ventanas a la plaza sobre soportales de la cárcel. La calle Ancha asciende, paralela, al arroyo Hondo. Profundo y seco. No le diré cuándo ni dónde debe pararse. A ratos, según la marcha, se le cor- tará el resuello; o será la vega amplia que se abre, con un río manso y lento, la que requerirá su atención.

Ahora, cuando apenas haya subido unos metros, tendrá la primera opción de elegir. Se puede introducir, girando a la izquierda, en el dédalo de calles que compusieron los primitivos arrabales en tomo al castillo. Algunas ya no existen. Otras han cambiado el nombre. Y del primitivo arrabal el caserío se transformó en casas blancas, al que hace 35 años declararon Conjunto Histórico-artístico y que componen casi la misma estructura de hace 500 años.

Si continúa ascendiendo, en el entronque con la calle Churrete la vista es hermosa y placentera. A lo lejos, el Hacho de Pizarra, la Sierra de Mijas y la blancura de Albaurín, recostado en la ladera. Abajo, la vega y el río. Meandros, mordiscos en las laderas en dentelIadas feroces de riadas... Si baja sólo un poco estará en el Rancho de las Monas. Cuando retorne, si se acerca hasta el final de la calle Churrete, pregunte por la Cueva del Gato, por la Joyanca.

Garrido Palacios, en una publicación reciente, dice que «aquí no se enterraba a la gente en el cementerio (el Castillo, hasta 1998 y desde el siglo XIX, es decir, algo más de un siglo, ha sido cementerio), sino que se hizo un hoyo para los muertos del cólera. Cerca -continúa- hay un hornacina con un Cristo al que se alumbra con una vela». Ahora tiene casi al alcance de la mano la fortaleza. Bueno, lo que queda de ella. La torre de la Vela y el antiguo alminar, después campanario cristiano, y lienzos de muralla que han pervivido en el tiempo dando amparo y cobijo a los que después de su andar por la vida permanecen en el reposo que da sentido a las palabras siempre, jamás...

De la mano de Felipe García, que siguió los apuntes históricos de don Antonio Bootello en su hojita parroquial de los años 20, es hora de que vaya conociendo que la calle Ancha se llamó, primeramente, del Pósito Viejo o sólo del Pósito y también de las Torres. Leemos el nombre de Ancha en documentos de 1775, cuando Cristóbal del Castillo y María Navarro, su mujer, impusieron un censo a favor de los beneficiados sobre casa de dicha calle, lindera con el Callejón del Corral del consejo y solar de él, y por los corrales del Muro. Que en el repartimiento de 1639 figura con cinco contribuyentes y en el padrón de 1680 con 27 vecinos. Que se abrió la Hoyanca; que al sepulturero Cristóbal Sánchez, que debió trabajar a destajo, se le conocía por el sobrenombre de «El tío Toledano». Que su acera derecha fue prolongada a partir del año 1831 y las casas de la izquierda, entre los años 1860 y 1863. Actualmente está formada por una calzada de hormigón abierta a la circulación rodada en ambos sentidos.

EL CASTILLO. Si ha subido ya, párese en la explanada de entrada antes de acceder al interior. Retire todo lo que de valor tuvo que emplear y entrégese a la contemplación de esos paisajes únicos. Después pase al otro lado de la verja de hierro. Antes, eche un vistazo a las tres inscripciones del muro. A la izquierda, el romance fronterizo anóni- mo del siglo XV que narra la muerte, en el cerco de Abra, allá por 1434, de don Diego Gómez de Ribera, Adelantado de Andalucía en el reinado de Enrique IV de Castilla. Trovadores lo cantaron en Castilla y Aragón, en Valencia y Murcia, en tierras de lo que quedaba de Al-Andalus y en tierras cristianas.

El muro del lado derecho conserva trozos del mosaico que se colocó cuando se celebraba el V centenario de la Reconquista (1484-1984). Ha sido el último colocado y el primero en caerse. El castillo le impresionará por casi todo: por su estado actual, por el emplazamiento, por los lienzos de muralla -que a pesar del tiempo sobreviven-, por la torres que se elevan, enhiestas, apuntando a un cielo casi siempre azul. Y también el paisaje, por su belleza. Si es verano, todo, absolutamente todo, aparecerá ante sus ojos seco y traspillado.

La historia dice que la mayoría de las fortalezas tuvieron su origen en otras anteriores sobre las que se asentaron y destruyeron. Aquí no lo consiguieron del todo y los expertos reconocen restos de ruinas fenicias, romanas y las que ahora ve, que son árabes. Pasó lo de siempre. Primero la arrasaron los visigodos; luego los moros; los castellanos, que vinieron una, dos, tres... bueno, muchas veces. Tantas que fue pieza apetecible por esquiva y segura, por ser la llave de entrada a Málaga y frontera occidental del reino nazarita.

En mil ciento y pico ya dicen las crónicas castellanas de ella, pero, como después se va a repetir muchas veces, la conclusión es idéntica: «asaltaron sus arrabales, pero no consiguieron tomar su ciudadela»... Alfonso XI, el del Salado, Enrique IV y Juan II, en escaramuzas con los moros de Granada. Se dieron las escaramuzas de Rodrigo de Narváez, el Adelantado, que por la muerte tuvo la gloria de la posteridad romanceada... y los ínclitos Reyes Católicos, doña Isabel, que no estuvo en el cerco, aunque hay quien opina lo contrario, y don Fernando, que sí vino y tomó posesión el 22 de junio del año 1484, cuando de manera definitiva emprendían el asedio total al reino de Granada.

Los árabes elevaron las murallas, edificaron y reedificaron en función de las necesidades, y los cercos durante el emirato, el califato y los taifas, hasta su destrucción total. El río Guadalhorce y los arroyos Hondo y de la Tenería constituyeron un foso natural. Entre la fortaleza y los accidentes naturales y profundos, la muralla de la barbacana, donde buscaron cobijo, al amparo del tiempo y de las estrellas durante los cercos. La muralla de la propia fortaleza, la alcazaba y la torre del homenaje, residencia del alcaide. Torres albarranas rodeando, laderas con grandes pendientes, barrancos cortados a plomada, cerros escarpados... por los que era muy difícil trepar y daban seguridad a los que se enriscaban en la cumbre.

Si ya ha logrado situarse, entre. Se encontrará con dos monumentos: la iglesia y el arco. La iglesia tiene un techo gótico flamíngero, como corresponde a finales del siglo XV, y fue mandada construir sobre la antigua mezquita. Se veneran, en su interior, un Nazareno y una Dolorosa, obras del imaginero «granadino» nacido en Álora José Navas-Parejo Pérez. Luego, suba despacio hasta el último panteón, antaño residencia del alcaide. Antes habrá cruzado un arco al final de la escalera.Es monumento y dicen que único en Occidente.

CALLE CARRIL. Baje, cuando haya terminado, por la calle del Carril. Primero eche una ojeada a la estación. Se le aparecerá como el primor de una miniatura. El río, con su puente de hierro casi en desuso, y las huertas, que se encuentran salpicadas de casas blancas y que se agrupan en dos núcleos, Bella Vista y la barriada del Puente. Ambas se dispersan hacia los lagares.

En un recodo, casi de sopetón, vol verá a aparecer el pueblo. Mejor, baje, porque vendrá haciéndolo desde que dejó el castillo, del que ha bordeado la muralla. Un trozo de lienzo - «el mojón del barranco»- recuerda cómo y de qué manera los habitantes se pegaron y usaron las murallas como paredes de la propia casa.

La calle del Carril arranca de la de Toro, junto a la plaza Baja, saliendo al camino que desemboca en el asiento de los clérigos y que confinúa hasta lo alto del monte de las torres, hallándose enclavada entre las de Postigo y la de Toro. ForMó parte del antiguo arrabal, como lo atestiguan las paredes de algunas de sus casas de la acera derecha, con ventanas que recuerdan la época de la conquista.

En aquel tiempo había un camino con una empinada escalera formando zigzag que, descendiendo por la rápida vertiente del monte, ponía a la población en contacto con el nombrado después real de Córdoba. Y a Coin por el río, cuyos cortes en el macizo rocoso y rápidas vueltas se conservan todavía en algunos sitios.

CALLE TOBO. Deberá recorrer un corto espacio de la calle Toro para llegar a la plaza. Fue calle principal; salida natural, primero al campo, después de salvar el río por el puente, y sobre todo residencia de los curas, que fueron muchos y poderosos en tiempos pasados hasta que Mendizábal llevó a cabo su desamortización y los bienes saltaron por los aires. Las casas le mostrarán la solera de la calle y antes de regresar a la plaza de la que partimos podremos volver a subir, ahora por la calle Pos tigo.

CALLE POSTIGO. Es lamás antigua de la localidad. En el libro del Repartimiento de 1492 se habla de ella como «del postigo de la muralla», que efectivamente lo era. Servía para subir de incógnito o salir precipitadamente, según aconsejaran las cir- cunstancias y los tiempos. Ahora es una calle llena de encanto y primor.

PLAZA BAJA. Antes se llamaba de la Despedía, nombre que se le dio en reconocimiento del emérito acto que cada mañana de Viernes Santo se celebra entre las cofradías de Jesús y Dolores, donde los portadores delanteros de los tronos, a la señal convenida de un maestro de ceremonias, llevan el regocijo a propios y el asombro y admiración a los extraños que cada vez en mayor número abarrota la plaza.

Esta plaza está situada en la parte inferior del pueblo y su antigúedad corresponde al periodo inmediatamen te posterior a la conquista, cuando comenzó a extenderse por la vertiente norte del monte de las Torres. En ella desembocan las calles Postigo, Ancha, Bermejo, Real y Toro, formando el dédalo de calles referido anteriormen te. En 1536, hacia la calle Toro y a espaldas de la Real -de lo que se deduce que la plaza no estaba cerrada como lo está hoy-, había una pequeña huerta y varios solares, según Antonio Bootello.

IGLESIA DE LA ENCARNACIÓN.

Durante los siglos XVI y XVII sufrió grandes transformaciones, a causa de las obras llevadas a cabo, principalmente la iglesia (1600-1699), que sustituyó a la primitiva de las Torres, edificada sobre la primitiva mezquita. A mediados del siglo XIX se le hizo una verja de hierro -hoy desaparecida- y que bordeaba la puerta principal. En este tiempo se edificó en la plaza, esquina a la calle Bermejo, el Hospital de San Sebastián, que desapareció a raíz de la desamortización.

Nuestra Señora de la Encarnación vino a sustituir a la primitiva que los Reyes Católicos mandaron construir sobre la mezquita existente en el castillo. Es citada en los repartimientos tras la conquista en junio de 1484 con un lote  de tierras «de las mejores».

La destrucción de este primitivo templo planteó la necesidad de edificar uno nuevo que se lleva a cabo a lo largo de todo el siglo XVII. Rosario Camacho, en su obra «Arquitectura y urbanismo del barroco», lo atribuye a Pedro Díaz Palacios. Es una obra de cantería de tipo columnario, cubierta de armadura mudéjar y a la que se añadió una cabecera cupulada en 1699, obra de Pedro Manuel García.

Su construcción fue financiada por el municipio y por el Obispado. El primero contrata en especies. La «joya de la corona» de la iglesia fue su retablo. Acontecimientos felizmente superados tuvieron mucho que ver en su destrucción. Fue este retablo, según notas de la época, magnífico y grandioso, y ocupaba el frontal de la capilla mayor. Su autor fue Francisco Martínez Primo.

Según la hojita parroquial, el beneficiado don Tomás Estrada lo trae a sus expensas y costea otras obras que se realizan en el altar mayor. «El retablo -continúa el mismo documento- estaba labrado, modelado y esculpido en madera. Se componía de tres cuerpos superpuestos rematados por un Calvario que lo coronaba hasta la media naranja en que se remata la capilla mayor. La única muestra que ha sobrevivido son los cuatro frescos que representan a los evangelistas y que según Moreno Carbonero son de inferior calidad a los frescos que representan al resto de los apóstoles que apare- cen en los arcos de la nave central. Fueron restaurados en 1859 por el pin tor antequerano José María Batún. Cuando estas líneas vean la luz ya estarán en marcha las obras de recuperación de tan estimable obra que recuperará una Casa de Oficios.

Dejará Álora, cuando salga, desde el templo, por la puerta principal que se abre a la plaza Baja de la Despedía, bajo el balcón de los beneficiados. Álora fue rica, con un pasado lleno de gloria y leyendas. Para muestra, la del Abidárraez Abancerraje: «Nacido en Granada /criado en Cártama,/ enamorado en Coín,/ frontero en Álora».

Cuando viene a desposarse es hecho prisionero por las tropas de Rodrigo de Narváez, alcaide de Álora. Llora apesadumbrado su suerte después de un combate valeroso. Conocido por el alcaide, le concede la libertad con la promesa de volver, cosa que cumple en compañía de su esposa. Admirado por tanta nobleza, Rodrigo solicita el perdón del rey de Granada, cosa que obtiene concediendo la libertad.

Convendrá conmigo que tan hermosa leyenda es una pena que no fuese verdad.

Ahora nos dirigimos camino de Bobastro, donde los silbos de la historia se mezclan con el viento, hacia la parte del interior. Se puede ir río arriba  -del Guadalhorce hablamos- por ambas orillas. Cuando se haya salvado Pizarra vendrá la duda: por la carretera nueva o como siempre, desde Álora por el antiguo camino de la Confederación.

Es la segunda opción estrecha y pintoresca: entre campos sembrados de naranjos, donde le llamará la atención la multitud de casas blancas que salpican el verdor de los limoneros y el zigzag de una carretera que bordea tierras abruptas llenas de flores de almendros en invierno.

Si el visitante decide unirse al progreso, en Pizarra, mejor en el cruce de Zalea, comience a subir por el arroyo de las Cañas. Primero se encontrará Carratraca, emporio económico del siglo XIX en torno al balneario de aguas sulfurosas y antes de coronar el puerto de Málaga y de avistar Ardales, al que un pantano le devoró la parte más buena de la campiña en los años 20. Progreso en forma de agua remansada que dio luz y vida a campos de regadíos tierras abajo y un montón de emigrantes años después camino de tierras catalanas. Antiguamente también subían por aquí las diligencias que desde Málaga buscaban el camino de Sevilla.

Entre Carratraca y Ardales, a la derecha, habrá dejado la cueva que siempre hemos conocido como «de doña Trinidad» y que le dirá mucho de tiempos remotos en que el hombre prinitivo habitó por aquí.

El recorrido no es mucho, poco más de un kilómetro y medio, pero los parámetros de conservación -¡qué cosas!- impiden las visitas masivas, por lo que hay que solicitar inscripción en el libro correspondiente de autorizaciones. Después bordee el pantano -el del Conde del Guadalhorce-, hasta que de nuevo se girará a la derecha, camino de las Mesas de Villaverde y de El Chorro. Desde este punto el visitantante comenzará a bajar y, allí, el Almorchón, el Huma, las sierras de Abdalajís, los Mapaganes... parece que están bajo dominio y al alcance de la mano. Mejor dicho, del pie viajero que pueda hollar sus laderas, sus faldas y, si se lo propone, sus propias cumbres.

También se puede llegar en tren. El viaje, además de llenarle de sensaciones nuevas y gozosas, invita a compartir experiencias y a comunicarse con los compañeros del mismo compartimento. Hasta El Chorro no llegan los trenes de cercanías, por lo que se tendrá que coger un larga distancia. Mejor. La gente del tren que va lejos es más comunicativa.

Antiguamente se compartía la merienda -«¿usted gusta?»-. Era normal oír que ofrecían lo poco que en ocasiones se sacaba de la talega. Se echaba tabaco de la misma petaca y que generalmente eran cuarterones que el contrabando traía desde Gibraltar, todo ello amenizado por distintas historias.

Cuando el tren sale de Málaga se adentra por una llanura amplia y hermosa y lo primero que se encuentra es Cártama -el primer pueblo-, que aparecerá como una paloma blanca a los pies de su ermita de la Virgen de los Remedios. Párese si tiene tiempo en Pizarra. Se desmembró de Álora en el siglo XIX. Los «listos» de entonces, como tenían más valor las tierras de secano, le dieron las de la vega y ellos se quedaron con las de calma, llegando hasta las mismas puertas del Valle de Abdalajís.

Continuando con este singular recorrido, si observamos desde la ventanilla, en varias y fugaces ocasiones avistará Álora, con su castillo y su caserío blanco que se derrama como un suspiro, prolongado y largo, desde las faldas del Hacho -emblemático y consustancial para sus gentes-. Si le apetece, llégese hasta Alora, patee, trepen, suban y bajen sus calles, seguro que notará su arte, el sabor de lo que fue y ya no es. Tendrá a la gente, pero no es aquí lo que nos ocupa.

Cuando decida regresar, diríjase hacia la parte de la Estación desde la fuente Arriba por la calle Rosales y el Bajondillo. Es el camino más corto. Desde la plaza Baja de la Despedía, por la calle Toro. Si se encuentra en la otra parte del pueblo, por el Cerrillo. Si baja por la carretera, bordee el cerro de las Viñas, Trabanca abajo, y podrá ver el río ancho -porque las riadas pegan muchas dentelladas- y con meandros pronunciados. El tren que tomará -al igual que el que le trajo~ para que llevarle hasta El Chorro viene de Málaga y asomará despacio por la boca, que ahora, a causa de los desprendimientos de piedra, se ha prolongado.

Cuando deje atrás Las Mellizas irá camino del corazón de la Sierra de Abdalajís o del Valle, que es lo mismo, pero dependiendo con quien hable. Por la Cuesta del Cajero, antes -cuando las máquinas eran de vapor- le ponían la doble y patinaban y hacían «fon, fon fon...», y el tren subía lento, lento, muy lento.

«Te permitía ver cómo pasaban despacio los árboles, los cerros y las casas de Bermejo y donde cada cual reafirmaba su identidad en forma de copla cuando se celebraban fiestas, reafirmado en letras, y el Churrete y el Cortijo de los Muertos y Bombichar -la Bobaxter tomada de Simonet-» y... recréese cuanto pueda porque de pronto se hará noche cerrada. Ha entrado en el túnel de la Canasta -«Más gañote que el túnel de la Canasta», se decía cuando alguien andaba bien despachado de tra- gaderas-, y el de la Pinta y el de los Romerales, y así, noche y día, noche y día, en una sucesión hasta que una vez salvadas las estribaciones de la cordillera se emboque las llanuras de Bobadilla camino de Antequera.

EL CHORRO. Pero antes... No, no crea que está en Suiza aunque lo parezca. Entre túneles, la estación de El Chorro «como si de pronto se entreabriera el día», que dice la metáfora de Salvador Rueda , que tiene el encanto de esas estaciones de montaña en las que nos preguntamos cómo ha llegado hasta ahí el tren. ¡Y yo sin enterarme! Apéese.

Ahora se le abrirá al visitante todas las posibilidades de excursión a pie. Vía arriba, el Caminito del Rey, por el Desfiladero de los Gaitanes. Al otro lado, las Mesas de Villaverde. A las espaldas, rodeando la Almona, por los Romerales y las Angosturas, a lo alto del Huma. En los tres podrá echar el día completo si tiene tiempo. La naturaleza le pasmará con tanta belleza escondida. En Los Gaitanes, porque irá de asombro en asombro.
Si sube a la cumbre del Huma... La ascensión es lenta, larga y de cielos abiertos. De vez en cuando quédese quieto. Mire el volar de los pájaros de acero que enfilan el cercano aeropuerto, o los pájaros silenciosos con que los ávidos de sensaciones nuevas describen circunferencias concéntricas. Han cambiado las plumas por alas de nylon. Hacen parapente, ala delta o vaya a saber qué, dejándose arrastrar por las corrientes.

En las Angosturas pregunte por qué hay tantos que se llaman Lorenzo. Le hablarán del santo patrón del Valle; que le expliquen por qué lo del Peñón Negro y por qué en la Parda tenían, cuando venían los pastos de verano, la llave de la sierra.

Cuando haya llegado no tendrá, si ha subido a pie, mucho tiempo para patear por las cumbres, porque habrá de regresar antes de que llegue la noche. Es probable que cuando baje ya haya llegado, por mor de las sombras de las sierras cercanas y por lo encajonado del lugar, a orillas del río.

Si quiere, en El Chorro, puede  y tiene donde quedarse. A las Mesas, ahora un poco más adelante, subirá con la sensación de oír los silbos de la historia mezclados con el viento. Puede iniciar la subida, después de las últimas curvas, por detrás de la ermita de la Virgen de Villaverde, Patrona de Ardales.

Para el arroyo Granadillos le costará subir, aunque puede hacerlo en coche, pero a pie parece que la naturaleza es más parte de nosotros y el goce es incluso más profundo. Administre el resuello, por la cuesta que se presenta, aunque la carretera sube serpenteando entre higueras, pinos y restos de una agricultura de subsistencia hoy total mente desaparecida.

Probablemente si es tiempo de caza podrá encontrarse a alguien que, con escopeta y perro, recorre las laderas más bajas; alguna que otra torcaz puede cruzar el cielo, si se escapó del disparo, o algún gazapillo huirá, asustado, a esconderse tras los matorrales si el sol todavía no se elevó lo suficiente como para tocar a encierro.

Si es final del verano, salte fuera hacia la parte por donde convirtieron una zona del monte en escombreras de la Encantada y pruebe sin miedo los higos -como casi todos los silvestres, deliciosos y únicos- de las escuálidas higueras que sobrevivieron a años de progreso y desastre, destrucción sistemática de todo cuanto se encontró que oliera a posibilidad de que Bellas Artes pudiese parar las obras. «¡Qué tiempos y qué cafres, con título universitario y todo, Dios!», dirían los paisanos.

A medida que suba todo le impresionará. Comenzará a comprender por qué Omar -por cierto, aún no hemos dicho que venimos tras las huellas de Omar ben Hafsum, el hombre que a finales del primer milenio puso en jaque al califato de Córdoba y estuvo a punto de adelantar la Reconquista en 400 años al entrar en pactos con Alfonso II, el Casto de León, y nos dio entidad de pueblo rebelde e insumiso- se quedó por aquí.

RUINAS DE BOBASTRO. En este lugar patee los cerros. A medida que asciende, el horizonte se amplía. En la lejanía, si el día está claro, se recorta el castillo de Teba. Era el bastión norte de defensa más próxima a Bobastro. ¡Ah!, se me había olvidado, contemplando tanta belleza natural, que tras los pasos de Omar estamos subiendo a Bobastro.

Mucho se discutió y disputó sobre su ubicación. Lo pusieron en Comares, en la Axarquía veleña. Se lo llevaron hasta tierras de Huesca, en Aragón, en las proximidades de Barbastro. Levi Provençal y Simonet lo colocaron aquí, en las Mesas de Villaverde, término municipal de Ardales. Los historiadores más rigurosos han aceptado esta tesis y hoy se admite su localización sin casi ninguna discrepancia. Bobastro fue un enclave de suma importancia donde se representa cara al hombre más importante del Occidente de aquellos tiempos en la figura del califa de Córdoba. Estuvo fortificado con un alcázar militar del que prácticamente no se conserva nada- y poseyó una iglesia rupestre mozárabe, única en su género. Excavada en la roca, le da un aspecto más rústico y primitivo, diferente al que poseen otras iglesias de características similares y de la misma época.Tiene planta basílica con tres naves. «La iglesia se construyó en una fecha cercana a la del castillo. Es de estilo mozárabe. Con tres naves separadas por pilares y arcos de herradura. Tiene tres capillas en la cabecera, siendo la central en forma de arco de herradura y cuadradas las dos laterales. Sus dimensiones son de 16 metros de largo por 10 de ancho. Se dice que en esta iglesia rupestre se convirtió al cristianismo Omar ben Hafsun, cambiando su nom- bre por Samuel», según relata el director de Patrimonio de Ardales, Pedro Cantalejo.

Una vez arriba podrá admirar todo lo que se extiende a su vista. Primero el paisaje. Es sobrecogedor el corte sobre el abismo, la lejanía que se recorta, casi en el mar, frenada por los montes de Málaga y la Sierra de Mijas si se mira a las tierras del sur. Aquí casi siempre hace viento, pero no molesta, es de esos que se agradece. Resguárdese y medite un poco, si dispone de tiempo, sobre la figura de este hombre excepcional que vivió hace más de mil años.

Omar ben HaÑun se significó por su talante militar, era un guerrillero nato -«¿hasta cuándo vais a soportar el duro yugo de los impuestos?»-, huido de la justicia, acusado de asesinato de un convecino y refugiado en el Riff, en una montaña con parecidas características a las que ofrecen las Mesas de Villaverde.

Desde aquí dominaba cuatro puertos de mar: Cádiz, Algeciras, Málaga y Almería, y era el centro estratégico de Andalucía, con distancias semejantes entre Granada y Sevilla, Córdoba y el Estrecho. No exento de un marcado sentido religioso, Omar se convierte al final de sus días al cristianismo, aunque su hija Argentea es martirizada en Córdoba en aras de su fe. Pero, ¿quién era este Omar?

Nació en el castillo de Auta (posiblemente Parauta), en la serranía rondeña al pie de la Torrecilla, y era hijo de Haf y hermano de Chafar, aunque más tarde tuvo que escaparse al norte de Africa porque en su juventud asesinó a un vecino. No obstante esto, en su vida de más de 70 años no mostró un ápice de cinismo, de apatía, de indiferencia. El se fió de todos, creyó en los suyos con despreocupación, organizando con facilidad su pandilla, su comprometido grupo, y del que se erige como jefe y responsable, con calidad suficiente para planificar, emitir juicios decisivos y trazar una línea de actuación que poco a poco le llevará al emirato de España.

Menéndez Pidal señala como costumbres bárbaras que persisten dentro de la dominación musulmana la de responsabilizar, ante el crimen cometido por uno de sus miembros, a todo el vecindario, con una actitud de renuncia y expiación. Probablemente este sería el móvil que impulsa a la familia de Omar a recalar en las montañas de lo que entonces se conoce por Bobastro -«Municipium borbastrense»- y donde, transcurrido un tiempo, se construirá un emporio de defensa, primero, y de resistencia, después, a las tropas cordobesas.

La desesperación le hace saltar a África, llega a Tahorst y se refugia -lo que hace pensar en una comunicación fluida a pesar de los tiempos que corrían entre ambas orillas- en casa de un viejo amigo sastre.

Después sería buscado a causa de los movimientos insurgentes de muladíes y mozárabes, unidos en causa común contra el poder de los omeyas por causas diferentes.

Con 26 años -corria el 880 - desembarca en Estepona. Después se encamina a Ronda. Aquí comienza la más amenazadora tentativa de independencia muladí no conclusa, como tantas cosas-, que se prolonga durante más de 40 años, diez después de su muerte, en el 917, en la fortaleza de Bobastro, cuando su cadáver, tras ser derrotados sus hijos que previamente habían dividido el territorio -¿cómo no?-, es desenterrado y espolvoreadas al viento sus cenizas por mandato de Abderramán III en una decisión impropia del más grande califa de Occidente.

Pero antes, junto a la Peña de los Enamorados, en la llanura antequerana, vence al gobernador de Archidona, Abd el Azzis ben Abbas, y decide no llevar a cabo ningún pacto. Entiende Omar ben Hafsun, por estas fechas, que ya posee prestigio y un aceptable número de incondicionales. Puede comenzar una lucha encarnizaada y desigual, una guerra de liberación de su pueblo del que ya se siente caudillo y ve, convencido, la posibilidad de que en Bobastro nazca un nuevo reino, y es ahora cuando permite a sus más cercanos que lo eleven.

Hoy día, y tras haber hecho un poco de historia, las cumbres de Bobastro tienen olivos diseminados, algún que otro frutal disperso, almendros y un gran lago artificial que a buen seguro sorprenderá al intrépido viajero por su magnitud, por su capacidad para embalsar agua, por el salto que provoca al vacío.

Ahora, quizá sea hora de pensar en bajar. De las Mesas se irá con la sensación de haber oído los susurros de la historia mezclados con el viento.

En El Chorro, las centrales hidroeléctricas allí ubicadas producen la energía que se lleva - una ocasión por apagón en cadena hasta Suecia- a los puntos más dispares. La más moderna, La Encantada, produce cifras que llegan a marear. La más antigua ya duerme bajo las aguas del pequeño embalse que ahora se contempla.

El salto de El Chorro tiene un canal de unos cuatro kilómetros de longitud que atraviesa el Guadalhorce por un acueducto atrevidísimo, construido en 1904. Para comunicar El Chorro con el Gaitanejo se creyó oportuno la construcción de un camino de peatones que permite el paso -ahora, por desidia de los hombres, en malísimo estado de conservación, con evidente peligro si te adentras por él- entre ambas centrales hidroeléctricas.

Y como se dijo al principio, el regreso lo puede hacer en tren o en coche, como desee. En ambos medios de locomoción irá orillando el río que «como tú -y como todos- va camino de la mar». Ya sabe, lo de Jorge Manrique...

PERSONAJES DE LA LOCALIDAD

Juan Reyes Osuna
El Canario. Cantaor
Álora (Málaga), 1855-Sevilla,1985

Si quiere conocer la historia de este famoso cantaor del siglo XIX  vea:

www.andalucia.cc/falmenca/perfileslamencos/elcanario.htm

Otra descripción

Construida sobre dos montes, el del Calvario y el del Castillo, y a las faldas de la Sierra del Hacho, la ciudad de Álora (13.000 habitantes), es la capital de la comarca  malagueña del Valle  del Guadalhorce. Con temperaturas cálidas durante todo el año, el fondo del valle ofrece un paisaje que sorprende por el permanente verdor de los olivares y las huertas de cítricos, naranjas, mandarinas y limones. Rodeándolo, encontramos escarpadas sierras por las que trepan los almendrales.

Aparte de su cercanía a Málaga capital y a las famosas playas de la provincia, a apenas 40 km de distancia y con la ventaja del tren de cercanías, el viajero se siente por aquí más inclinado sin duda por la incomparable naturaleza que rodea a Álora. 
A solo 12 kilómetros, por la carretera que lleva a Antequera, se encuentra el
Valle de Abdalajís, localidad igualmente serrana, a los pies de la Sierra de Huma, paraíso de parapentistas. Parapente y ala delta se pueden practicar durante todo el año.

También a 12 kilómetros de Álora, se encuentra el Paraje Natural del Desfiladero de los Gaitanes, por aquí conocido como El Chorro. Este lugar es considerado por escaladores de todo el mundo como la mejor escuela de escalada del sur de España, por su gran variedad de sectores y de dificultad en las rutas. 
Ofrece además este paraje la posibilidad de hacer senderismo. El Caminito del Rey (una estrecha pasarela en los paredones de la garganta de El Chorro construida a principios de este siglo por los trabajadores del ferrocarril y recorrida por Alfonso XIII cuando vino a inaugurar la Estación de El Chorro) ahora está clausurado en espera de restauración aunque es solo para los más intrépidos y para quienes no sufran de vértigo. 
Pero además se pueden hacer innumerables
excursiones de diferentes grados de dificultad. En la Oficina de Turismo de Álora, al lado de la piscina municipal, se ofrecen unas pequeñas guías para excursionistas disponibles en castellano, inglés y alemán. Dejando atrás El Chorro, se puede continuar camino hacia los embalses del Conde de Guadalhorce haciendo parada en las ruinas de Bobastro, una ciudad mozárabe de los Siglos IX-X. Poco después, por la misma carretera, se llega hasta las Cuevas de Ardales en las que se pueden contemplar interesantes pinturas rupestres en magnífico estado de conservación. En los Embalses del Conde del Guadalhorce el viajero se puede dar un baño y comer en alguno de los muchos restaurantes que se encuentran al borde la carretera.


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